Kitsune-Nyôbô, la Esposa Kitsune

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Kitsune-Nyôbô, la Esposa Kitsune

Mensaje por BlackLeadAlchemist el Jue Ago 19, 2010 11:54 pm

Hace mucho tiempo, existía una pequeña y solitaria casa en lo profundo de los bosques del Norte de Japón. La casa era el hogar de un cazador, quien solía alimentarse con los conejos, aves y otras presas que se encontraban en aquellas montañas y bosques.
Como cabría esperar de un hombre viviendo sólo en las profundidades de uno de los ya de por sí más solitarios parajes de Japón, el cazador vivía al día; si no era capaz de encontrar algún ave, un jugoso conejo o algún otro animal, no tendría nada que comer a excepción de algunos magros vegetales que él mismo cultivaba.
Un día de otoño, muy parecido a cualquier otro, el hombre se encontraba cazando en los bosques, en una montaña llamada Shinoda-ga-mori. Él podía sentir que algo no andaba bien. Desde hacia varias semanas las manadas de animales habían estado escaseando, al igual que las aves, lo que le hacía cuestionarse "¿A dónde habrán ido todos los animales?"
Consternado continuó su camino hasta llegar a un arrollo donde se encontró con un zorro. Los zorros no son muy buenos para comer por su puesto, su carne es poca, pero ante tanta necesidad poca carne era mejor que no tener carne alguna.
Al igual que el cazador, el zorro se veia hambriento y delgado, aunque no por eso perdia su magnificencia: su piel era gruesa y su cola -de un rojo intenso- era prueba de que éste ejemplar había visto ya varios inviernos. El cazador preparó su rifle.
El zorro, que hasta entonces había estado bebiendo agua del riachuelo sin percatarse de la presencia del hombre, levantó la vista justo antes que éste tirara del gatillo. El cazador dudó, y el zorro se sentó lentamente sobre sus patas traseras, sin apartar nunca la vista del hombre, y juntó sus patas delanteras como si estuviera rezando, implorándole al cazador por su vida.
El hombre se quedó perplejo: nunca antes en todos sus años de cazador -que no eran pocos- había visto tal comportamiento. El cazador sabía que lo único que tenia que hacer era tirar del gatillo para disfrutar de su cena más una piel abrigadora para los meses de invierno. El zorro parecía saberlo también, y esto de alguna manera conmovió el corazón del cazador quien lo dejó ir.
El zorro hizo una rápida reverencia y se alejó dejando al cazador anonadado, preguntándose qué había hecho y con el estómago gruñéndole.
La noche comenzó a caer y el cazador tuvo que regresar a su casa sin nada más que las últimas verduras que le quedaban para acallar su hambre.
El cazador estaba acostumbrado a vivir en aquellas tierras solo, con alguna ocasional visita de algún leñador que pasara por las cercanías o fugitivos, por lo que se sorprendió cuando alguien llamó a su puerta, y más sorprendido quedó de ver que era una mujer la que se encontraba afuera.
- "Buenas noches," dijo la dama.
- "Buenas noches," respondió el cazador cautelosamente.
El cazador la invitó a pasar, pues se sentía solo, y muchas veces deseaba tener a alguien con quien poder conversar en noches tan frías como esta.
La muchacha le contó iba a visitar a sus familiares que vivían del otro lado de las montañas y sin querer se había desviado del camino y se había perdido. El hombre se disculpó pues solo tenia unas pocas verduras y algo de sake, pero la mujer le ofreció de la comida que ella llevaba para sus familiares en agradecimiento. Y casi instantáneamente ella preparó las más exquisitas comidas para el cazador: conejo, pollo y hasta papas dulces de postre. Él quedó satisfecho por primera vez en mucho tiempo.
Los dos conversaron mientras comían, y se extendieron hasta ya entrada la noche. A la mañana siguiente la mujer le dijo que le agradaba mucho el hogar del cazador, rodeado de montañas y ríos y bosques.

- "¿Te importaría que me quedara un poco más?"
Por supuesto que al cazador no le importó. Pronto ese 'un poco más' se convirtió en semanas y las semanas en meses y los meses en años, y poco a poco los dos se encariñaron el uno con el otro. Eventualmente la mujer se dio cuenta que estaba encinta y después dio a luz al hijo del cazador.
Las cosas mejoraron mucho para el cazador, los animales volvían a caer en las trampas, él y su esposa y su hijo Dojimaru tenían carne en abundancia y con la ayuda de la mujer su magro jardín había crecido y ahora tenia una mayor variedad de plantas.
Un día, sin embargo, cuando después de haber dado la vuelta a una colina desde donde se divisaba su hogar el cazador pudo observar a su esposa cuidando a su hijo, y al lado de los dos ¡una cola roja!
Al ver una cola desde tan lejos el cazador volvió a ver, y ahí seguía la cola. Enojado, el cazador cayó en la cuenta de que había sido engañado por el zorro al que salvó la vida, y sin pensarlo regresó furioso a su casa.
- "¡Date un baño!" - gritó.
- "¿Pero y el niño.."
- "¡Yo lo cuidaré!"- el hombre sabia que a los zorros les disgusta el agua, por lo que pensó que si ella se rehusaba se probaría el verdadero origen de la mujer. Sin embargo ella accedió y al poco tiempo él hombre escuchó el golpetear del agua.
Pero el cazador no quedó contento con esto, así que buscó una rendija a través de la cual poder observar a su mujer, y cuando la encontró, fue grande su sorpresa, ya que la mujer estaba usando su cola para remover el agua.
Aun así, él cazador la había amado, pero el pensar en el futuro que tendría su hijo lo hacia rabiar, ya que si alguien descubría la identidad de su madre harían mofa de él. De esta manera decidió enseñarle al niño como comportarse, escribiéndole en un cuaderno lo que debía o no hacer:
· Nunca te pares en la vía que divide los tatami y la puerta, pues la gente es supersticiosa acerca de esto.
· Nunca caces mariposas, libélulas u otros insectos. Los zorros y otros animales podrán hacerlo, pero nunca las personas.
· Nunca tragues de un bocado tu comida, ya que el hacerlo es signo de malas costumbres.
Una vez terminada su lista, se volvió hacia la mujer-zorro quien se había transformado de nuevo en humano.
- "Yo soy el zorro de Shinoda-ga-mori." dijo.
- "¿Así me pagas por haber salvado tu vida?"
- "No. Yo ya te había pagado, pero eso fue hace mucho tiempo. Te di comida en lugar de mi propia carne, me quedé contigo y te di compañía porque estabas tan solo que ni tu mismo te dabas cuenta." Las lágrimas rodaron por sus mejillas. "Te he dado un hijo." le dijo recuperando su compostura. "Ahora cuida bien de él, que yo he de regresar a Shinoda-ga-mori."
Al día siguiente ella se fue dejándole una nota:
Si el niño llora y llora y no para, tráelo a Shinoda-ga-mori.
Si tienes problemas con el niño, tráelo a Shinoda-ga-mori.
Por favor cuídalo mucho

No pasó mucho tiempo que Dojimaru notó la falta de su madre y comenzó a llamarla con llantos desesperados. El padre no podía callarlo, por lo que se decidió a llevarlo a al bosque como había dicho su mujer.
Al poco tiempo de haber llegado apareció un zorro frente al hombre y su desconsolado hijo, y Dijimaru, al ver a un zorro por primera vez en su vida se asustó mucho, tanto que se ocultó detrás de su padre y cesó su llanto.
El cazador entendió entonces que esta era la forma en la que el zorro había planeado detener al niño para buscar a su madre. También entendió el dolor de la madre al observar como su hijo se escondía temeroso de ella.
Padre e hijo regresaron entonces a casa. El niño tuvo una infancia normal hasta que el cazador le enseñó a leer y escribir. Dojimaru aprendía a una velocidad sorprendente docenas de caracteres chinos cuando otros niños sólo aprendían unos pocos. Lo mismo pasaba con las matemáticas, que mientras los otros niños de su edad tenían problemas con la suma y la resta, Dojimaru se aburría ya con las multiplicaciones y divisiones; esto era por supuesto, resultado de su herencia.
Así, Dojimaru tuvo gran éxito en la vida y pronto él era quien proveía a su padre con todo lo necesario, haciendo que el cazador dejara de cazar por necesidad.

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