An End Has a Start

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An End Has a Start

Mensaje por -Sandman- el Jue Sep 09, 2010 10:15 am

I -

Era la enésima noche que tenía el mismo sueño.
Sabía que los sueños recurrentes no indicaban un diagnóstico precisamente halagador, pero no le importaba. No se lo había contado a nadie, y no quería hacerlo.

Cuando los primeros rayos de sol se asomaron tras las montañas, tiñendo el oscuro color de la noche de tonos rojizos, recordó de nuevo la imagen que no le había dejado dormir. La imagen que le había hecho levantarse de la cama, sobresaltado, sudoroso y con lágrimas en los ojos.

Volvió a verle. Volvió a ver la cabeza de ese hombre a sus pies, desgarrada, sin rastro de lo que alguna vez fue su cuerpo, y sus manos, bañadas en un líquido espeso y escarlata.

Se estremeció, y se dejó caer contra la pared a la que se había sentado dándole la espalda.
No pudo hacer más que exhalar un suspiro largo y amargo, mientras observaba el sol salir por el este, sitio hacia el que daba la azotea de su instituto.

No sabía cómo había ido a parar a ese sitio. Solo había aparecido allí, sentado en el suelo húmedo y mohoso, abrazando sus rodillas mientras intentaba calmarse.
Tampoco podía explicar porqué llevaba puesto el uniforme escolar, ni como había hecho para entrar allí. Simplemente nada tenía sentido.

Observó su reloj. Aún era muy temprano.
Y tenía la impresión de que el día sería muy, muy largo.

Siempre se había escondido en ese sitio. Justo en medio del cuarto de máquinas del ascensor y el cuarto de utilería. Era un sitio gris y vacío… Un sitio con el que había compartido cosas con las que nadie había compartido. Las paredes eran sus amigas.
Cuando se quedaba solo, les hablaba, a veces con su mente, a veces con su boca. Y ellas no respondían. Era lo que más deseaba en el mundo. Alguien que le escuchara y no huyera.

El sol naciente, avanzando en línea recta hacia lo más alto del cielo, comenzó a iluminar el lugar. Lo primero en brillar fue la barandilla de metal ya oxidado que bordeaba la azotea. Luego, el suelo viejo y desgastado cambió su color de un gris oscuro y plomizo al gris claro del concreto gastado.

Pronto, la luz llegó al escondite del chico. Se giró, para que ella no abofetease su cara.

Se quedó observando en silencio la pared a su izquierda, toda ella llena de firmas de los que alguna vez fueron sus amigos, pero que ahora ya no estaban. Gente que estuvo, pero que se había marchado. Recordaba todos sus nombres. Uno por uno. Recordaba las fechas que habían escrito. Recordaba sus voces.

Pero en eso se habían convertido ahora. En recuerdos.

Se giró de nuevo, llevando su mirada hacia el este.
Observó al sol moverse por un rato, hasta que se preguntó cuántas veces había visto esa escena. Cuantas veces había visto el sol despertar desde ese mismo sitio.

No quiso responderse. Eran innumerables.

Algo de viento del norte sopló, agitando los árboles que rodeaban el Instituto, y levantando un leve rumor, un sonido lejano de hojas moviéndose.

Cuando tres cuartos del sol habían sobresalido de las montañas, Alexander supo que era hora de levantarse.
Se incorporó, sacudiendo el polvo de su ropa, y se dirigió escaleras abajo.

No quería que le encontrasen en ese estado. No ese día.




II –

Megumi Matsubara se había quedado dormida. Al igual que todos en su hogar, todos tan desordenados como ella.
El reloj de pie del salón, el que les despertaba a todos a la vez en las mañanas con un delicadamente estruendoso y caótico sonido, se había quedado sin baterías la noche anterior. Al parecer nadie se había dado cuenta.

Era su segundo día de clase. No podía permitirse el lujo de llegar tarde, no. Sabía que debía ser puntual, sabía que la impresión era lo que contaba. Y lo que menos quería era empezar dando una mala impresión de sí misma.

Salió de casa apurada, sin desayunar. Apenas le había dado tiempo a darse una ducha rápida y a vestir su uniforme. No tenía idea ni de que llevaba en su maletín. Probablemente hojas viejas o alguna libreta usada del año pasado.
Guardaba la esperanza de que hubiese algo en lo que pudiese escribir. Es más, guardaba la esperanza de que hubiese un bolígrafo con el que hacerlo.

Atravesó el jardín de su casa como un rayo, y al salir a la calle tuvo que poner a prueba sus reflejos esquivando a un par de ancianas que iban a hacer la compra del día.
Se disculpó mientras corría calle abajo.

El instituto quedaba a varias calles, y ella sabía el camino de memoria. Pocos pasos después del momento en que recordó que no se había peinado, se adentró en una calle a su izquierda.
Era una calle estrecha y silenciosa, en la que podía oír sus propios pasos.
A ambos lados de la calle se enfilaban varias casas, todas idénticas, con pequeños jardines de hierba verde y flores de muchos colores, que empezaban a marchitarse. En algunos, los que tenían árboles, comenzaba a notarse la huella del otoño. Hojas de color ocre, claras y oscuras, comenzaban a yacer a sus pies.

Justo antes del final de la calle, antes de girar a la izquierda y atravesar el parque que daba al instituto, un gato se atravesó en su camino. Un gato largo, de lomo blanco y patas y hocico negro. Soltó un bufido al verla.

La joven intentó no llevárselo de frente, pero lo único que consiguió fue cruzar sus piernas, tropezándose consigo misma.

Cayó de bruces sobre el prado.

Se levantó, suspirando, y logró sentarse. Se había ensuciado, y la chaqueta de su uniforme estaba ya manchada de tierra y hierba. La sacudió enérgicamente, intentando dejar el menor indicio posible de ellas.

Intentó ponerse en marcha de nuevo, solo para ver que su zapatilla izquierda se había desabrochado. Se agachó, abrochándola una vez más, e intentó correr.
Su tobillo izquierdo se había llevado la peor parte.

Ya no tenía sentido correr. Cruzó el parque, mordiendo su labio inferior, y arrastrando su pie izquierdo.

Probó caminar sin cojear, pero solo consiguió un pinchazo en la parte posterior del tobillo, justo por encima del talón.

Cruzó el parque, lentamente, mientras el susurro de las hojas golpeadas por el viento del norte le llenaba sus oídos. Tenía vergüenza, mucha. Rogaba a los Dioses que no le tomaran muy en cuenta el retraso. Después de todo, tenía una excusa…
Cuando pasó junto al parque infantil, por encima de los árboles, pudo divisar lo primero que se veía del Instituto. La azotea. Estaba solitaria, como siempre, y justo sobre ella se abría el cielo azul de la mañana, claro y puro.

Megumi intentó animarse. Todo iría bien. En el fondo, no estaba nerviosa por su apariencia, o por la primera impresión que quería dar a su nuevo curso… Estaba nerviosa porque era el comienzo del fin. Todo terminaría en poco tiempo, y entonces ya sería una adulta.

Pero ella quería seguir atravesando ese parque, viendo el sol de la mañana en el cielo azul, o refugiándose en la pequeña caseta al este del parque infantil los días de lluvia. Quería seguir siendo sorprendida por la noche hablando con Anze en los bancos del parque que daban a la calle principal. Quería…

Había llegado a las puertas del Instituto, sin darse cuenta, y una voz masculina a sus espaldas le había hecho salir de sus pensamientos.

III –

- ¿Matsubara?

La joven se giró. Era una chica menuda y más baja que él, de cabellos castaños revueltos, rostro fino y unos grandes ojos marrones claros. Su piel, clara, contrastaba con el negro del uniforme.

- ¿Profesor Asaragi?

Hideyuki Asaragi sonrió. Había reconocido su voz, y al parecer su vista no era tan mala como él pensaba.

- No creí que te quedases con nosotros este año, también…

La joven sonrió, deteniendo sus pasos desiguales, imprecisos, que intentaban evitar el contacto del suelo con el pie izquierdo.

- Llevo toda mi vida aquí, profesor. Este año será el último, y quiero terminarlo aquí.

La sonrisa del profesor se hizo más leve, pero no se borró de su rostro. No quería recordar que ése sería también su último año como profesor en el instituto.
Decidió apartar momentáneamente el tema, porque sabía que tendría que tocarlo más tarde.

- ¿Estás bien, Matsubara? Veo que cojeas…

Megumi dirigió su mirada hacia su pie izquierdo.

- Me caí entrando al parque… Venía corriendo… Como ve, -Señaló su reloj- llego tarde…
- Ya somos dos, Matsubara.

El profesor le tendió una mano, para ayudarla. Ella lo aceptó de buena gana, tras lo que colocó su brazo izquierdo alrededor de sus hombros.
Entraron al instituto por la puerta principal, mientras hablaban de las vacaciones. Todo alrededor se veía solitario y silencioso. Sólo se escuchaban sus voces, sus pasos, y el Tic-Tac del enorme reloj que se encontraba en la última planta del edificio principal, mirando hacia el norte.

Tras cruzar el aparcamiento, frente a ellos apareció el edificio principal. Un gran bloque blanco de cuatro plantas, más ancho que alto, surcado por una línea de ventanas a nivel de cada piso. En el cuarto piso, centrado, estaba el reloj cuyo sonido hacía eco en los cuatro rincones del instituto. Era un reloj más antiguo que el propio lugar, con líneas negras gruesas donde deberían estar los números, y manecillas tan gruesas como ellos, todo sobre un fondo blanco.

A nivel del suelo, el edificio principal estaba rodeado por arbustos altos, que llegaban justo por debajo de la línea de ventanas que atravesaba el primer piso de este a oeste. Los prados que llevaban a las piscinas y el gimnasio, a la izquierda del edificio principal, estaban adornados por unos cuantos pinos y abedules, y los que llevaban al salón de actos, a la derecha, estaban adornados solamente por arbustos iguales a los que rodeaban el edificio principal.

A Asaragi le costó ayudar a la chica a subir las escaleras de la entrada al edificio principal. No era demasiado pesada, pero si era más baja, y eso hacía que tuviese que agacharse.

El sudor de su frente y el dolor de sus rodillas fue compensado por la sonrisa que Matsubara le regaló cuando la dejaba en el ascensor, para que se dirigiese a la planta cuarta sin tener que subir las escaleras.

- Gracias, profesor…

El profesor se secó el sudor con la manga izquierda de su camisa a cuadros azules.

- Te veo arriba. Si te ponen atención, diles que llegaré en un momento.


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Este quiero terminarlo. Vosotros diréis.

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Re: An End Has a Start

Mensaje por BlackLeadAlchemist el Jue Sep 09, 2010 10:01 pm

Hum... No tiene mala pinta, pero es pronto para juzgar...

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Re: An End Has a Start

Mensaje por -Sandman- el Jue Sep 09, 2010 10:32 pm

No sé. Siempre he tenido pendiente escribir alguna historia típica de instituto.
Pero nunca he logrado terminarla.

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Re: An End Has a Start

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