Somewhere Around Nothing

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Somewhere Around Nothing

Mensaje por -Sandman- el Jue Sep 09, 2010 10:13 am


Cap. I -


I -

Las teclas chasqueaban en el silencio de la habitación.

C:/> FORMAT/

El joven observó su reflejo en la pantalla oscurecida.
Un reflejo que se reducía a una mancha emborronada.

Intentó distinguir algo parecido a sus gafas, o al cabello oscuro que caía sobre su frente... Algo que le recordara que en realidad era él, y que ese instante era real, no solamente un sueño.

Últimamente, el hombre de arena le ignoraba. Llevaba tiempo ya sin poder dormir.
Comenzaba a no poder distinguir un sueño de una situación que no lo era, lo que en el fondo le preocupaba.

Además, agradecía otro de los regalos que el insomnio le había dado:
Un enorme par de ojeras que se dibujaban desde los bordes de sus ojos oscuros hasta sus pómulos.

Frunció el ceño, y se dijo que dejara de hacer el tonto.

Sus manos se deslizaron sobre las teclas, escribiendo pausadamente, para estar seguro de que no se equivocaba.

C:/>FORMAT/Format_

El cursor quedó brillando intermitentemente en su lugar.
En ese momento, algo crujió cerca a donde estaba. Era la respuesta de toda la habitación al frío que le llenaba.
Había sido un frío otoño.

Afuera, un parque rodeaba al instituto de la calle Echo St. John.
La hierba verde estaba tapizada por una capa de hojas secas, de un color ocre oscuro. Los árboles, alguna vez sus dueños, comenzaban a secarse, preparándose para el próximo invierno.

Desde la ventana de la oscura habitación en la que estaba, el muchacho podía ver parte del parque y un camino que le atravesaba.

En el horizonte, la ciudad. Hormigón y asfalto hasta donde llegaba la vista.


Movió el meñique, y presionó una tecla diferente.
Los tonos de la pantalla cambiaron a unos más claros, iluminando el rostro del chico en la oscuridad.

En la parte inferior de la pantalla, aparecieron unas pequeñas barras verticales, de no más de un centímetro de alto, que desaparecían una a una, y de izquierda a derecha, tras pasar unos segundos entre ellas.

El chico respiró hondo, y se acomodó en la silla. Pasó sus dedos largos por su cabello, haciendo un intento por peinarlo.
Clavó su mirada en el tubo fluorescente del techo, que permanecía apagado.

Cuando abrieron la puerta, pensaba en quedarse en ese preciso lugar toda la noche.
Quedar ahí tranquilo, solo, y sin molestias.

Había desaparecido casi un cuarto de las líneas de la pantalla.

La puerta del aula 27 -La correspondiente a los ordenadores principales- se abrió con un chirrido.
La luz amarilla del hall exterior iluminó la habitación, dejando ver las filas de ordenadores sobre las mesas.

La luz entrante deslumbró al chico, que no pudo ver exactamente que había al otro lado de la puerta.
Pero pudo distinguir la silueta de una chica.

- Cierra la puerta - Exclamó rápidamente el joven, cubriendo sus ojos tras unas gafas de marco grueso y negro -. Por favor.

La puerta se cerró con otro chirrido y un ligero -clic-.

- Siempre tan negativo... Siempre tan negativo...
¿Qué tienes contra la luz? Terminarás por convertirte en un ermitaño… O algo parecido…

- Prefiero ser un ermitaño, Rose - Respondió el muchacho, reconociendo la voz de la chica.

- Víctor...

El ritmo de la voz de ella sonó irónico tras la oscuridad.

- No se te ocurra encender la luz.

Víctor escuchó como Rose movía una silla y se sentaba en ella.

- Tú y tu afinidad por las charlas en la oscuridad... ¿No crees que...

- No empecemos - Interrumpió el joven -. No ahora.

Ambos quedaron en silencio por un momento, un momento que se hizo eterno.

Las barras dibujadas en la pantalla continuaban desapareciendo. Cuando Rose rompió la calma, poco más de la mitad habían dejado de mostrarse.

- ¿Qué haces aquí?

- Me han pedido que reestablezca el sistema - Replicó el muchacho, con la mirada aún fija en el techo -. Los de primero se lo han cargado otra vez.

- Podías haberme avisado. Te estuve esperando, ¿sabes?

- No pude y no hay forma de encontrarte. En estos casos siempre es igual.

- ¡Pero si te vi esta mañana! ¿Era tan difícil de decir?...

- Sabes que no debes fiarte de mí.

- Si, es como tú dices. Es siempre igual.
No tienes porqué esconderte de mí. Pero ya lo he entendido.

En la oscuridad, la chica se levantó y salió de la habitación.
La luz del exterior iluminó la habitación por un momento. Pero en poco tiempo las tinieblas la invadían otra vez.

Víctor suspiró, y dejó sus gafas sobre la mesa ante él.

Faltaban pocas líneas por desaparecer de la pantalla.

Se frotó los ojos, respiró hondo y esperó.

En poco tiempo cambió el color de la pantalla a un azul eléctrico, en el que nadaban letras amarillas y blancas.

Desde afuera, podía verse como la iluminación del aula cambiaba.



II –

Cuando las luces de la calle se encendieron, la niña ya había repasado su lección unas siete veces. Ya estaba cansada, pero no podía hacer otra cosa.

Se encontraba estudiando sobre la mesa en que comía todos los días, lejos, muy lejos de su casa.

Comenzaba a levantarse un leve olor a cena.

- Marcus, ¿Es hora de cenar? – Dijo la niña, con voz alta, levantando su mirada del libro.

Desde la cocina, que comunicaba con el salón y el comedor, le contestaron.

- Primero repasaremos, ¿Vale? Tal vez esto tarde un poco.

La niña suspiró, y un gesto de desaprobación se dibujó en su rostro.
Desde donde estaba, podía ver a Marcus, que le daba la espalda. Estaba cocinando para los dos.
Cuando sus hermanos llegasen, se harían algo ellos solos.

El hombre se sentó frente a la niña.
La observó con sus muy claros ojos marrones.

- Fiora, ¿Cómo te sientes?
- Ya me lo sé. ¡Me has tenido estudiando toda la tarde!

Marcus sonrió.

- Lo siento, por ello te daré doble postre.

Fiora correspondió la sonrisa, agradeciéndole.

El amplio salón en el que se encontraban combinaba salón, comedor y cocina, la cual se encontraba tras una barra que a veces también se usaba para comer.
Ese día, en especial, se encontraba cargada de bolsas de papel llenas de manzanas verdes.

El lugar estaba iluminado por unas cuantas lámparas que colgaban del techo, las cuales, con su luz amarilla combinada con el amarillo apagado de las paredes, daban un ambiente acogedor.

El salón, que tenía la iluminación más tenue, invitaba con sus enormes sillones a descansar.

La niña entregó a Marcus su libro, y apoyó sus codos sobre la mesa rectangular de roble.
Apoyó su cabeza en sus manos, con la mirada dirigida hacia el color de la madera.
Su cabello rojo y liso, peinado con dos coletas en la parte de atrás, cayó sobre su frente.

La portada del libro rezaba “Geografía”, y no constaba de más de 100 hojas.

Fiora observó inquisitivamente al hombre.

- ¿Y Enzo?
- No sé donde está. Debe llegar en cualquier momento.

La niña bajó su mirada.

- ¿Pero porque siempre me dejan sola?

Marcus no supo que decir. La niña tenía 8 años. No era bueno que su familia siempre estuviese alejada de ella.

- Son tus hermanos, te quieren.
- Sí, lo que dicen siempre…

Ambos quedaron en silencio. Marcus intentó cortar el tema, y tras leer un poco la lección, se decidió a preguntarle.

Cuando su mirada alcanzó a Fiora de nuevo, vio que lloraba silenciosamente.

- Fiora…

La niña se secó las lágrimas.

- ¿Están ocupados, verdad, Marcus?... Ellos… No me odian, ¿Verdad?...

Marcus sintió un nudo en la garganta.

- Fiora, los chicos están ocupados… Salvatore está en el trabajo. Lucio debe estar en la universidad… Y Enzo tal vez fue a ver a Víctor.
Sé que no es razón para dejarte sola, pero vendrán pronto a llevarte a casa.

La niña giró su mirada a otra parte.

El hombre respiró hondo, cerrando sus ojos. No sabía que decirle.
Se recostó en el respaldo de su silla, y cruzó los dedos de sus manos a la altura de su nuca.
Se apoyó sobre ellos, lastimando cierta herida reciente, causada al afeitarse su cabeza para ocultar su calvicie prematura.

Marcus no la sintió hasta ese preciso instante. Apretó los dientes, procurando no mostrar que le dolía.

Sentándose bien de nuevo, se dirigió a Fiora.

- Cálmate, ¿Vale?... ¿Quieres seguir?

La niña se secó las lágrimas nuevamente, asintiendo con la cabeza.
III –

Un vaso grande de zumo de manzana aparecía frente a la niña.
Estaba frío, justo como a ella le gustaba. Unos cuantos hielos bajaban aún más su temperatura.

- ¿Te sientes mejor ahora?

Fiora asintió.
Marcus le sonrió, acariciando su pequeña cabeza y su cabello suave como seda.

Se dirigió al asiento frente a ella, tomando de nuevo el libro en sus manos.

- Bien… Geografía.
Qué lástima que no te sirva de nada –Susurró esto último, riendo entre dientes.

La niña creyó oírle.

- ¿Qué dices?
- Nada, nada…

El hombre abrió el libro por la página 23. “Geografía de Rägensgard”.

- Comencemos. Fiora, háblame de Rägensgard.

La niña le regaló una mirada asesina.

- Marcus, ¡esa pregunta no quiere decir nada!
- Ahem… Esto… – Rió nerviosamente – Vale… ¿Qué tan grande es la ciudad?

Fiora sonrió confiada.

- Cerca de 680.000 Km2 – Musitó la niña, bebiendo algo del zumo.
- Sí, más o menos… 686.925.
- ¡Pero no hay que saberlo exactamente! Dijo la profesora…
- Tranquila, tranquila, lo sé. Ahora… Dime como se divide la ciudad.

La niña pensó un poco, entre sorbo y sorbo de lo que bebía. Hizo un par de cuentas, ágilmente, con ayuda de sus dedos, y sonrió de nuevo.

Como si estuviese leyendo directamente del libro, rezó:

- Rägensgard se encuentra dividida en cinco zonas, cada una concordando con su orientación en el espacio. Tenemos una zona norte, una zona sur, una zona este y una zona oeste. Entre todas estas se encuentra la zona centro.

Marcus sonrió en señal de aprobación, volteando la página.

- Y estas zonas, ¿Se dividen?
- Todas… – Respondió, un poco titubeante – Todas las zonas se dividen en distritos, que en algún momento fueron llamados “Barrios”.
- ¿Cómo se dividen, Fiora?
- Pues… La zona centro es un único distrito. La zona norte se divide en… 34 distritos, la zona sur en 26, la zona oeste en 76 y la zona este en 114.

Desde la cocina, sonó un tintineo leve.

- Es la cena… – Observó Marcus, mirando hacia la cocina – Terminamos y te sirvo.

La niña asintió de nuevo.

- Vale. ¿Ríos de la ciudad?
- 16. El más cercano es el Blackwater.

El hombre le guiñó un ojo a Fiora.

- ¿Algo más?

La niña dudó un momento. Pero en pocos segundos se iluminaron sus ojos.

- ¡El centro! El centro exacto de la ciudad se encuentra al este del distrito centro, donde se levanta Ángelus.
- Definitivamente te has ganado un postre doble, chiquilla.

Poco tiempo después, un plato con un par de sándwiches se presentaba ante la jovenzuela de cabellos rojos.



IV –


El viento de la recién caída noche movía la persiana de la única ventana del despacho.
Llevaba años rota. Nunca nadie quiso abrirla.

A través de ella podían verse pocas cosas del Nightmailer Road, lugar donde se levantaba el cuartel general de Pacificadores de la zona norte.

La habitación se encontraba en una penumbra casi total. Bajo la escasa luz que entraba por la ventana, podía verse una silueta. Un hombre, tras un escritorio de metal.

Respiraba hondo y pausadamente. Sin prisas. Sin preocupaciones.

Frente a él, ocupando casi la totalidad del escritorio, aparecían un montón de carpetas y papeles apilados. Todo informes, archivos y demás burocracia.

Con un suspiro y un rápido movimiento, el hombre tomó las tres primeras carpetas de la fila más alejada de su mano. Las tomó con cuidado, pero su experiencia las hacía mover entre sus dedos como cartas de una baraja.

Tomando el primero de los tres informes, se recostó en el espaldar de su silla. Tras él, envejecía más aún una enorme biblioteca llena de libros nunca usados pero ya desgastados.

Era la huella del paso del tiempo.

Con su mirada ya acostumbrada a la casi oscuridad, Leyó las primeras frases de la cuartilla que comenzaba un grueso informe.

Aunque era más de lo mismo. El ya lo sabía. Y solo era cuestión de tiempo que los vendedores de Las Fauces mordiesen el polvo con la suela de sus zapatos aplastando su cabeza.

Y esa sola idea le hacía sonreír.

Iba a continuar con su lectura, cuando se abrió la puerta de su oficina. En la cara exterior, una placa de metal dorado enseñaba el nombre de quien se encontraba adentro.

“Salvatore Blackfield – Inspector subjefe”

El pasillo que llegaba hasta su puerta no estaba más iluminado que el interior.

Y aunque la oscuridad era un poco mayor, Salvatore supo quien era quien estaba entrando en ese instante.

- Rita Harvester, señor.

El hombre ajustó sus gafas, y frotó sus ojos con el pulgar y el meñique solamente.

- Lo sé, lo sé, Rita. Pasa.

La mujer pasó, cerrando la puerta tras de sí.
Desde detrás del escritorio, podía verse la figura voluptuosa de la señorita.
La luz del exterior se reflejaba en sus largos cabellos oscuros, que caían sobre sus hombros.

Salvatore se adelantó a cualquier cosa que ella fuese a decir.

- ¿Está listo lo de mañana?

Rita se sobresaltó por la violenta rotura del silencio.

- Tenemos refuerzos pedidos. Las variables están en orden.

El hombre sonrió. Sus dientes blanquecinos brillaron en la oscuridad.

- Mañana caen.

La mujer pasó los dedos por su cabello, en un ya conocido gesto de nerviosismo.

- ¿Pasa algo, Rita?
- Creo que no cuenta con una cosa…

Salva se acomodó en su asiento. Apoyó los brazos sobre el escritorio, en un ademán de levantarse.

- ¿Ahora qué?
- Han traído a alguien.

El hombre quedó suspendido, esperando a la conclusión de la frase.

- ¿Sí, Rita?
- … Hay un chico pelirrojo en la celda catorce. Según Tightbreak y Hollowmatter, dice que quiere verle.

Tras un gruñido de Salvatore, se oyó como un objeto cruzaba el lugar a toda velocidad, cortando el aire, y chocaba contra una de las esquinas de la habitación.
Poco después, papeles, folios, fotografías y facturas volaban por la habitación, impelidas por el viento que corría por el despacho.

- ¡¡¡Otra vez no!!!

V –

Su única reacción fue morder su labio inferior. Lo sintió en el interior de su boca, dándose cuenta solamente de que estaba tan frío como el aire que respiraba.

Su cuerpo temblaba de frío. Hacía mucho más frío que en el exterior. No había razón alguna para ello, pero creyó recordar que una vez su hermano había comentado ese preciso método para hacer cantar a maleantes y drogadictos.

Por su cabeza rondó la idea de confesar cualquier cosa, aunque no fuese cierta, para salir de ese lugar. Que tal vez su hermano ya le sacaría, en cuanto le viese.

La sala, cerrada herméticamente, parecía expulsar frío desde sus ocho vértices.
Sus paredes se encontraban recubiertas con un metal bruñido, pulido y de un gélido color gris, excepto por una, en la que estaba la puerta de acceso, del mismo acero de las paredes, y una ventana de cristal ahumado, de oscuridad suficiente para distinguir el perfecto reflejo de la habitación en él.

El joven pudo verse por un momento al levantar su mirada.

En su pómulo izquierdo, aparecía una herida reciente, Aún sangrante.
En ese lugar en especial, su piel había cambiado de color. Alrededor de la herida, aparecían manchas amarillas rodeando una mancha mucho más amplia de un morado oscuro, acercándose al negro.

En ese momento, solo podía mantener abierto el ojo derecho. El dolor en el lado izquierdo de su cara le limitaba mucho cualquier movimiento.

Su cabello, de un rojo bastante oscuro, se encontraba alborotado y despeinado.

Ese no era su momento más presentable.
Se había vestido con lo peor que había encontrado. Precisamente para ir a ese lugar.

El no parecer un vagabundo podía costarte caro al ir a Las Fauces.

Le vestían un pantalón de pana raído, lleno de agujeros, con uno enorme sobre la rodilla izquierda.
Las botas de éste, llenas de barro, limitaban con unos zapatos deportivos viejos, manchados de pintura, cuya suela se encontraba totalmente despegada del resto.
Su torso solo estaba cubierto por un una camisa vieja, llena de manchas de aceite, y una chaqueta de cuero que nunca pasó por la lavandería.

Su vestimenta inspiraba cualquier cosa, menos confianza.

En las paredes de la sala aparecían unas manchas que parecían ser de sangre, por su color rojizo.
En sus esquinas y bordes, moho y hongos atraídos por la humedad disfrutaban del perfecto ambiente que el lugar les proporcionaba.

De algún lugar de la habitación, surgió una voz. Familiar para el chico pelirrojo.

Era quien le había golpeado.

- Una vez más, “usted”. No le pasará nada si nos dice quien es su distribuidor. Solamente necesitamos esa información. Le dejaremos ir, y le daremos algo de comida. ¿No le interesa?

El chico gimió de dolor al abrir la boca para hablar.

- Quiero… Ver… Al inspector Blackfield...

El muchacho sabía que la voz provenía del otro lado del cristal. Y comenzó a notar que ésta se irritaba más a cada momento.

- No está y no vendrá a verle. Ahora responda.

El chico suspiró. Sabía que era mentira, pero mentir para conseguir información parecía totalmente permitido en ese lugar.

- Por favor… Solo pido que… Miréis en el sistema…

La voz del joven se entrecortaba. El dolor crecía lentamente.
Lanzó una mirada desconsolada hacia el cristal cuando solo recibió risas como respuesta a su súplica.

- He… ¿Bajo… – El hombre reprimió algo de risa – Bajo que nombre?
- Lucio… Lucio Blackfield…

Las risas al otro lado aumentaron. Ahora se podía oír otra voz que reía, junto con las carcajadas del que se encontraba hablando.

- ¡Y ahora nos dirá que es familiar del inspector!... Y yo que pensaba que los de Las Fauces no sabían que existía un sistema…

Lucio bajó su cabeza. Por un momento perdió cualquier esperanza.

Sin esperarlo, oyó el sonido de desconexión de los altavoces que sonorizaban la sala.
En sus pensamientos ya cansados, flotó la idea de que venían a llevárselo.
Pero tardaron demasiado.

Los altavoces sonaron de nuevo, en señal de conexión.
Esta vez hablaba otra voz. Una voz familiar.

- ¡Lucio!... ¡Maldita sea!... Pero si te dije…

La voz no terminó la frase. Se notaba un leve timbre de rabia.

- Salvatore… Por favor… Sácame de aquí…

Tardaron un momento en responder.

- ¡Debería dejarte aquí!



VI –

- Lucio, te he repetido mil veces que no vayas a ese lugar. Nunca haces caso.

Lucio levantó su mirada hacia el cristal.

- ¡Yo… sé cuidarme solo! Y… No… Voy a Las Fauces por… Gusto. Se lo de mañana, y… Quería ayudar…

El sonido de la sala volvió a desconectarse.
Los cerrojos de la puerta de acero sonaron en señal de apertura, y esta se abrió lentamente, dejando entrar un aire levemente más cálido que el del interior.

Por el umbral abierto entró un hombre joven, aunque mayor que Lucio.

Iba vestido de un traje totalmente azul oscuro, con excepción de su corbata y zapatos, negros ambos.

La ropa le quedaba ligeramente ancha, lo que no impedía que su ejercitado y atlético cuerpo se notase.
El entrenamiento de un Pacificador era duro.

Su rostro, de tez intermedia entre blanca y amarillenta, como la de lucio, estaba ocupado en gran parte por unos anteojos que ocultaban unos ojos algo rasgados, de color negro.
Y su cabello, de un oscuro rojo sangre.

Desde la puerta, los ojos oscuros de Salvatore examinaban el estado de su hermano.

- ¿Qué sabes? – Inquirió el mayor.

Lucio no cruzó su mirada con la de él.

- Sé… que mañana piensas interceptar una… Entrega… Algo grande.

Salva se alarmó, pero no se notó en su rostro.

- No habrás dicho nada… ¿Verdad?
- Te traigo… Información. Yo… No… Soy tan inútil… Como parezco.

El hombre suspiró, con algo de alivio.
Cerrando sus ojos, se apoyó en la puerta a sus espaldas.

- Lucio. Cosas como estas son arriesgarse demasiado. No puedo permi…

El chico le interrumpió.

- Es… Mi propio riesgo… Yo… Ya soy responsable de lo que hago…
- ¡Tu lugar no es este! ¡Tampoco Las Fauces! – Gritó el hombre, sin alzar mucho la voz.

Se dirigió hacia el muchacho, con pasos cortos que retumbaban en el metal del suelo.

- Tú debes estar en la universidad. No aspires a estas cosas. Tú eres algo mejor.

Las esposas se soltaron, dejando las manos de Lucio libres.
El muchacho tardó un rato en recuperar su movilidad.

- Yo… No pedí ser… Mejor. Yo… Quiero esto, como vosotros dos…

Salvatore se encaminó hacia la puerta, dispuesto a salir.

- No te compares con nosotros dos. Aunque estemos en desventaja, en todo lo demás llevas las de perder.

Lucio se quedó en su asiento, repitiendo para si esa frase. Una frase que siempre estuvo presente.
Desde la puerta, el hombre, quien le daba la espalda, lo llamó por su nombre.

- Ven, nos vamos. Rita te curará.
Y luego hablaremos… De esa información.


Salvatore sonrió hacia el frente. Hacia el aire. Una sonrisa socarrona, que muchos consideraban forzada y mentirosa.

Pero de cualquier modo, esa sonrisa era su único gesto conocido.



VII –

El mar se agitaba por momentos. La brisa marina traía un olor salino hacia la costa, acompañado de minúsculas gotas de agua, que, aunque casi invisibles, causaban muchos estragos.

Lejos, en el horizonte, se veía como nubes amarillas, que reflejaban la luminosidad de la ciudad, se agrupaban alrededor de una mucho mayor.

Todo era presagio de la tormenta nocturna que se avecinaba.

Por enésima vez, Víctor se quitó sus gafas y las limpió con su pañuelo. Las gotas de agua y su respiración no hacían más que empañarlas.

El viento, que soplaba sin orden alguno, revolvía aún más el cabello del muchacho.

Por el contrario, al otro lado, el cabello recogido del joven que le daba la espalda no se inmutaba.

A sus pies, el suelo vibraba y emitía un leve ronroneo.
El hierro se oxidaba aún más bajo sus pies, al igual que las barras de metal en las que se apoyaban, que se cerraban en una circunferencia incompleta para dar paso a las escaleras que permitían subir a lo más alto del tanque de almacenamiento.

A ambos lados, siguiendo la costa, se extendían otros tanques idénticos, cilíndricos, y a distintas alturas, adaptándose a los numerosos desniveles del terreno.
Entre ellos, se acomodaban rocas de gran tamaño, de formas irregulares debido al desgaste continuo de las olas, que, a falta de playa, solo chocaban con ellas.

Cerca a donde se encontraban los dos, un pequeño medidor indicaba la presión y cantidad de agua que se encontraban en el interior. En todas las cisternas aparecía uno igual, siempre acompañado de una lámpara que emitía una tenue luz amarilla.

- Me lo dijeron ayer.

Enzo suspiró. Desde donde estaba, junto al medidor y bajo la débil luz amarilla de la lámpara, observaba fijamente el cielo, fijándose en como las nubes se reagrupaban.

- ¿Cuánto tiempo?
- Hay posibilidades. – Respondió Víctor, colocando de nuevo sus gafas – Tal vez un par de años, o así… No lo sé.

Enzo gruñó, presionando con fuerza la barra metálica en la que se apoyaba.
Se volvió hacia él, y la pobre luz que iluminaba el sitio en el que se encontraban iluminó su cabello, rojo y oscuro, en el que se dibujaban unos cuantos, pocos, pero visibles, cabellos blancos.

Sus mechones blancos y rojizos iban en dirección posterior, recogiéndose en una coleta justo por encima de la nuca.

- ¿Lo sabe alguien?

El joven de las gafas calló, bajando su mirada.
Enzo era más alto que él, y a su lado se sentía, en cierto modo, inferior.

- Por ahora, tú.

Una estela plateada se dibujó en el horizonte, y un estruendo le siguió. La tormenta venía.

- Sé que si se lo digo a Rose –La voz de Víctor se cortó – Podría llenar estas cisternas con sus lágrimas.

Enzo le miró con un gesto de rabia y sorpresa.

- ¿Cómo puedes decir eso? ¡No seas tan desconsiderado! Es increíble… Ella te aprecia más que a su propia familia. Tiene derecho a saberlo. Tú deber es decírselo.
- No… No puedo hacerlo.

El pelirrojo se volvió, y se dirigió hacia la escalera, sin despedirse.

- Parece que no la quisieras… - Gruñó el rojizo, entre dientes.

Víctor golpeó la barra de hierro con sus puños, cerrando con fuerza sus ojos, entre los cuales asomaban unas pequeñas lágrimas.

- Eso… ¡¡No me lo cuestiones!!
- Díselo, entonces.

Lo intentó, cerrando sus ojos con más fuerza aún. Pero Víctor solo pudo ceder a sus lágrimas.

- Me dolerá cuando te vayas, Víctor. Mucho. Pero a ella más aún. Y créeme, si mueres sin que ella lo sepa, ella morirá contigo.
Si no se lo dices, se lo diré yo, que ella si me importa.

Enzo continuó caminando, apartándose del otro.
Víctor se giró, viéndole marchar. Lo detuvo llamándole por su nombre.

Algunas gotas de lluvia comenzaban a caer, primero lentamente, luego con velocidad.

- ¿Crees que alguien puede morir cuando le rompen el corazón?

Enzo sonrió, bajando su mirada lentamente hasta cerrar los ojos.
Una ráfaga de viento pasó antes que respondiera, mojando el lado derecho de su rostro.

- Ella se fue hace casi una semana. ¿Me has visto vivo desde entonces?...



VIII –

Las nubes se habían unido en una sola, cubriendo por completo el cielo nocturno.

Pero no se había quedado quieta. Se deshacía sobre los tejados, las calles, los prados, en forma de claras gotas de agua. Una lluvia fina, homogénea, con una leve inclinación al oeste.

Su sonido al caer era uniforme, solamente interrumpido por relámpagos que surcaban el cielo, seguidos por atronadores sonidos que, en especial, hacían vibrar las ventanas de la habitación a oscuras.

Escondida en la penumbra, una chica lloraba. Sus lágrimas rodaban por sus mejillas, deslizándose por las comisuras de sus labios y cayendo sobre las almohadas de la cama en la que se sentaba, abrazando sus rodillas.

Su rostro se ocultaba bajo largos cabellos rizados, oscuros, que guardaban un rostro pálido y menudo.

La joven lloraba en silencio, sin mover los labios ni abrir los ojos.

A su lado, una pequeña libreta se encontraba abierta en una página que acababa de escribir.
Era una letra descuidada, escrita con rabia, con odio. El lápiz, con su presión, había roto el papel en algunas zonas.

Un relámpago cruzó el cielo de nuevo, dejándose caer en un parque cercano.
El estruendo resonó mucho más fuerte que antes.

Y la cerró, con rabia. No quería ver lo que había escrito. Le avergonzaba, pero no podía negar que lo sentía.

“¡¡PERO AÚN LO QUIERO!!”

La cubierta mostraba un dibujo, hecho en óleo sobre el cartón. Era un dibujo cuidado hasta el mínimo detalle.

Mostraba una rosa negra, cuyo tallo estaba lleno de espinas.



IX –

El sonido de la lluvia no se filtraba al interior del local, aunque podía verse la furia de la tormenta por la única ventana, presente justo al lado de la puerta que daba a la calle.

Adentro, unas cuantas luces mortecinas, colgadas sobre las mesas de madera opaca, alumbraban las esquinas oscurecidas del lugar.

Al fondo, una pequeña elevación del suelo hacía las veces de tarima.
Un par de luces halógenas le hacían el lugar más iluminado en ese momento.

A la izquierda de la plataforma, escondida del resto del bar, se encontraba la barra, de la misma madera oscura de las mesas. Unas cuantas banquetas se distribuían a su alrededor, en el mismo orden en el que los clientes las habían dejado la noche anterior.
Tras ella, una estantería de gran altura albergaba botellas de todos los tamaños, colores y formas.
La favorita de Víctor se encontraba en la tercera balda de la izquierda. Vodka negro.

Desde la plataforma, pensó para sí que, al terminar, pediría uno doble. Tenía frío.
Su ropa estaba mojada. Había corrido desde el puerto, mientras las lluvias aumentaban al adentrarse en la ciudad.

La guitarra española que tenía en sus manos era toda una reliquia. La fina madera barnizada había resistido al paso de los años, y las cuerdas, aunque habían sido cambiadas un par de veces, la hacían sonar como el primer día.

De cualquier modo, la tercera cuerda siempre le causó problemas.

Sentado donde estaba, podía ver el bar totalmente vacío. Nadie tras la barra tampoco.
Sonrió, solitario, imaginando que tenía un público decente frente a él.

Acomodó su micrófono a la altura de su boca, y se fijó con la mirada que la conexión estuviese bien.

- ¡Buenas noches! – Exclamó, saludando con la mano hacia donde debería estar el público – Bienvenidos seáis a “Sonic Louie”. Soy Víctor Blake y seré su animador por esta noche. ¡Espero que vuestra estancia sea agradable!

Y esperó. Esperó los aplausos del público inexistente.
Sólo silencio.

Suspiró, y aunque al principio le costó, comenzó a tocar una de muchas canciones que sabía.


It's been a long day at the bottom of the hill,
She died of a broken heart.
She told me I was living in the past,
Drinking from a broken glass.

I'm alone, I never wanna be alone…
Now I turn to face the cold.
I'm alone, I never wanna be alone…
Now I turn to travel home.


Lejos de allí, En una habitación oscura y sombría, sin ventanas, de colores rojos y negros y de paredes viejas, llenas de humedad, suciedad y moho, un chico desahogaba su rabia.

Del centro del techo del cuarto colgaba, pendido de una cadena oxidada, un saco de golpear lleno de arena. Su color negro y su forma cilíndrica se encontraban plagados de manchas que variaban su color desde rojizas a marrones oscuras.

Provenían del mismo líquido que brotaba de las manos de quien le golpeaba. Sangre.

Enzo golpeaba con las manos desnudas. Sus nudillos ya se habían hecho resistentes, aunque su piel no.
Combinaba sus golpes como podía. Ganchos con la izquierda y luego patadas con la derecha. Saltos, esquivas, agarres, siempre intentando llevarse al máximo.

Su corazón, bajo su pecho desnudo, latía con fuerza y velocidad. Su cuerpo, ya musculado tras infinitas sesiones como esa, se encontraba bajo un baño de sudor.

Paró, cayendo sobre sus rodillas, jadeante. Debía descansar, aunque él no lo deseaba.
Cerró sus ojos, intentando controlar su desbocada respiración. Solamente consiguió que la imagen que se había repetido miles de veces en su cabeza lo hiciera una vez más.

La veía marcharse, una y otra vez, tanto así que ya no recordaba su rostro.
Solo sabía que era bella. Recordaba sus rubios cabellos ondulados, pero nada más… El recuerdo de ella se nublaba, y el no quería que eso ocurriese.

Pero solo se evitaría si la volvía a ver. Cosa que no ocurriría.


I walked down to the other end of the day,
Just to catch those last few waves.
I held out my hand and slowly waved goodbye,
I turned now my eyes up to the sky.

I'm alone, I never wanna be alone…
Now I turn to face the cold.
I'm alone, I never wanna be alone…
Now I turn to travel home.


La niña observaba las luces de la calle pasar a través de la ventana del coche.
La lluvia empañaba el cristal, impidiéndole ver bien lo que había más allá de la ventanilla.

El asiento de atrás del coche, reservado siempre para ella, estaba especialmente frío esa noche.

Adelante, sus dos hermanos hablaban, ignorándola casi totalmente.

- ¿Mejor, Lucio?

Lucio acarició un poco su herida, cubierta por una gasa llena de manchas de sangre.

- Duele.

Fiora adelantó su cabeza, quedando un poco en medio de los dos. Se fijó en Lucio, cuyo lado izquierdo

- Lucio, ¿Qué te ha pasado?

Salvatore la empujo, sin hacerle daño, hacia atrás.

- Fiora, sabes que no debes hacer eso… Siempre puede haber un accidente…

La niña se sentó, recostándose contra el espaldar, y cruzando sus brazos con una mueca de disgusto.

- Siempre igual…
- Fiora, tranquila… Sabes que es por tu bien.

Ella ya estaba cansada de oír esas palabras.


She'll come back to me, She'll come back to me…
She'll come back to me, She'll come back to me…
All alone in this misery.
She'll come back to me.
I held out my hands into the light and I watched it die,
I know that I was part to blame.
I've done my time, and I...
Never want to spend my life alone.


La joven de cabellos rizados se había quedado dormida, con su diario atrapado entre sus brazos.
Su cabeza había quedado apoyada contra la pared, y su cabello había descubierto algo de su pálido rostro.

Las lágrimas que rodaban por sus mejillas no se habían secado.


I'm alone, I never wanna be alone…
Now I turn to face the cold.
I'm alone, I never wanna be alone…
Now I turn to travel home.

Víctor tocó el ultimo acorde, suspirando. Dejó su vista fija en el suelo, creyendo que nadie le oía.

Un aplauso desde uno de los rincones del bar le sacó de sus pensamientos.

- ¿Louie?

Tras la barra, un hombre maduro, de cabello largo y poblado vello facial, le aplaudía con las manos desnudas. Ante él, sobre la mesa, ya esperaba un vaso con hielo y una botella de vodka negro.

- No te descorazones. Puedes culpar a la lluvia.

Víctor dejó su guitarra en el suelo, y caminó hasta donde el propietario le esperaba.

Después de saludarlo, se sentó en una de las bancas de madera oscura que tenía cerca.
Se sirvió poco más de un cuarto del vaso.

La noche era joven. Y el licor podía causar amnesia temporal.



X –

- Enzo, hola…

La niña tiró del brazo del joven, que se agachó sonriendo para recibir un beso en la mejilla.

- ¿Cómo está mi hermana favorita?

Fiora lo abrazó, alegre de verlo, y el rojizo la alzó en sus brazos.

- Estás mojado…
- Acabo de ducharme.

A su lado, pasó otro pelirrojo, de pelo más corto y vestido de traje.

- Enzo.
- Salvatore.

Ambos se saludaron con un simple movimiento de cabeza. Pasó a su lado, directo a la cocina.

Por la puerta entró un chico, más joven que los que ya estaban adentro.

- ¿Lucio? ¿Esa es mi chaqueta? ¿Qué rayos haces con ella?...

La luz del salón de su hogar iluminó al muchacho.

- ¿Pero que rayos te pasó en la cara?....


---

Nunca lo terminé.
A ver si a alguien le gusta.


Última edición por -Sandman- el Jue Sep 09, 2010 10:20 pm, editado 1 vez

-Sandman-
Crimson King
Crimson King

Mensajes : 497
Inscripción : 01/09/2010
Edad : 28

http://neuroapathic.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Somewhere Around Nothing

Mensaje por BlackLeadAlchemist el Jue Sep 09, 2010 9:47 pm

Mola... Está interesante yoyo1

_____________________
The wind is mine. The sky is mine. They have been mine since childhood. You are the trespasser here. Not me.

BlackLeadAlchemist
Administrador
Administrador

Mensajes : 4804
Inscripción : 15/08/2010
Edad : 25

Volver arriba Ir abajo

Re: Somewhere Around Nothing

Mensaje por -Sandman- el Jue Sep 09, 2010 10:31 pm

Joder, qué horror. Había puesto "Anemia" en vez de "Amnesia".

Lo encontré hará un par de días en un disco viejo. Esto es del... 2007, creo.
Gracias por leer =D

-Sandman-
Crimson King
Crimson King

Mensajes : 497
Inscripción : 01/09/2010
Edad : 28

http://neuroapathic.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Somewhere Around Nothing

Mensaje por BlackLeadAlchemist el Jue Sep 09, 2010 10:34 pm

Ya decía yo que no me cuadraba demasiado eso de "el licor podría causar anemia temporal"

_____________________
The wind is mine. The sky is mine. They have been mine since childhood. You are the trespasser here. Not me.

BlackLeadAlchemist
Administrador
Administrador

Mensajes : 4804
Inscripción : 15/08/2010
Edad : 25

Volver arriba Ir abajo

Re: Somewhere Around Nothing

Mensaje por Contenido patrocinado Hoy a las 10:16 am


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.