Basurero.

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Basurero.

Mensaje por -Sandman- el Miér Sep 01, 2010 12:20 pm

Bueno, supongo que no me queda otra que subir alguna cosa de tantas. Aunque es verdad que está todo en http://crucifieddaydreamer.blogspot.com

Como tampoco tengo mucho de donde escoger (Cosa de borrar periódicamente todo lo que escribo...) postearé alguna cosa sencilla.

Si alguien lee, de antemano doy las gracias.




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Me preguntaste el otro día si tenía libre el domingo por la tarde.
Fue justo antes de despedirme de ti, en el cruce entre la Calle 14 y la 116, justo en frente del bar que cerraron hace un par de meses.
Veníamos del instituto, prácticamente en silencio. Apenas me dirigiste la palabra para enseñarme una libreta que te gustaba en una librería y para intentar evitar que cruzara una calle sin mirar, cosa que al final no evitó que un conductor del tranvía me gritase.

Aunque lo niegues, se bien que lo preguntaste. Dirás que fueron imaginaciones mías, que habrá sido otra persona que pasaba en ese momento, un anuncio en una radio lejana…
Pero se bien que te oí. Reconozco tu voz donde sea.

Ya es otra cosa que yo no haya querido responder.

Me lo preguntaste dudosa, y cuando te miré de reojo te vi ligeramente sonrojada.
Titubeaste un poco… Y seguro que al ver que no te contestaba pensaste que tu voz había sido amortiguada por la bufanda que en ese momento te cubría del viento que se levantaba desde el este y nos traería una tarde muy lluviosa.

He de reconocer que no respondí porque soy un idiota. Vale, tal vez no un idiota, pero si alguien definitivamente poco prudente. Poco precavido, no sé.
Llevo poco tiempo viéndote tan seguido, y no esperaba que fueses a preguntármelo… Porque nadie jamás me lo ha preguntado. Y por eso no tenía una sola excusa preparada.
De ahí mi silencio. Entre intentar contener la sorpresa y pensar rápidamente en algo que decirte que fuera convincente y que no te hiciese descartar otro hipotético día en el futuro, llegamos bajo la farola bajo la cual siempre nos despedimos.

Me había hecho el distraído, observando el techo de hierro oxidado que cubría las aceras, las columnas que lo sostenían y la leve, muy leve llovizna del exterior.
Me giré, y me encontré contigo mirándome desde detrás de la bufanda a rayas que no te quitas nunca. Te habías cubierto hasta justo por debajo de los ojos, Y tu cabello oscuro y liso caía desde debajo de un gorro de lana blanco que veía por primera vez.

Intenté hacer un gesto amable y te deseé una feliz tarde.
Me miraste por última vez, un poco confundida, y te despediste.
Te seguí con la mirada mientras caminabas calle abajo, protegiéndote de la lluvia bajo la acera cubierta y atravesabas corriendo el próximo cruce para cambiar de acera y doblar la esquina de la calle 15.

Poco antes de que tu madre se marchase de nuestra casa, un ruiseñor se posó en la ventana de mi habitación, la que da a la pradera de atrás y a las vías del tren. Mi abuelo, que en ese momento atravesaba el pasillo en la silla de ruedas que recién le habían puesto, se detuvo frente a mi puerta, al verme maravillado con el pequeño pajarito.
Me contó que en sus días era popular un poema entre los jóvenes… Un poema en el que se decía que siempre que muere un amor, un ruiseñor busca un sitio donde poder cantar una última tonada y descansar en paz.
Justo antes de que desaparecieses tras la esquina, pude ver como una pequeña ave se posaba justo sobre el tejado de metal de la acera. Estaba lejos, y no me habría resultado fácil reconocerle si no hubiese visto al menos una vez a casi todos los ruiseñores de esta ciudad.

Y sí, digo “casi”, así entre comillas, porque a ese pajarito no le conocía en particular.
Hay razones y más razones que podría darte para explicarte por qué era diferente. Pero eso es algo que seguramente no te interesa.

Con el tiempo aprendes a reconocerles. Y aprendes también a identificar como han muerto.
Este de aquí murió dando un tono de Mi, este de Do… Estos de aquí estaban juntos siempre, murieron juntos también… Este de aquí murió de cansancio…

Lo que nunca pude aprender, por más que mi abuelo me enseñara, fue a poder reconocer por quién cantaban ellos antes de caer. No era algo fácil… Y ya sabes que se fue antes de que terminara de aprender. Por eso no sé decirte si ese pajarillo que vi en ese momento, cuando te marchaste, el cual he vuelto a ver hoy mismo mientras se desvanecía entre mis manos era tuyo, o cantaba por ti.

Me preguntaste qué hago los domingos por la tarde.

Poco más allá de las vías del tren, se levanta una casa sobre una colina.
Es una casa que al parecer siempre estuvo ahí, al menos para mí.
Si te acercas un domingo en la tarde, cuando las nubes del este se oscurecen y la mancha blanca del sol comienza a ocultarse tras las nubes del oeste, puedes oír a montones de voces cantando, cada una entonando una melodía diferente… Hasta que el sol se pone. Y entonces no queda más que un silencio frío y punzante.

En su momento derramé muchas lágrimas sobre todos ellos cuando les veía desvanecerse entre mis manos. Desaparecían, dejando solamente una vaga sensación fría en ellas.
Para un niño no es fácil ver algo así. Tampoco es fácil verte presionado a hacer algo que no es tu trabajo y por el cual no ganas nada. Pero a veces no tienes otra opción.

A veces me pregunto qué quería realmente mi abuelo al obligarme a hacer su trabajo.
Simplemente creo que era cruel. Pero ahora no hay nadie más que lo haga.

Odio los domingos por la tarde.


Espero que sepas perdonarme.

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Re: Basurero.

Mensaje por -Sandman- el Jue Sep 02, 2010 9:43 am

Alguna otra cosa.

---

Supe desde el principio que tus ojos no se fijarían en mi enfermiza mirada. Y ya fue demasiado cuando me regalaste un par de palabras, que, aunque impersonales, me dejaron saber que matiz tenía tu voz.

Sí, ahora llueve todos los días, y cada vez que te veo pasar a mi lado sin darte cuenta que estoy ahí, medio escondido en las sombras, hace que me de cuenta de todo lo que me falta. De todo lo que carezco. De todo lo que no soy.

El enviarte esta, la que juré sería mi última carta, solamente demuestra lo imperfecto que soy.
Aunque haga lo imposible para verme bien ante ti, aunque desgarre mi desfigurado rostro intentando hacerlo perfecto, aunque arranque mi corazón de un cuajo para ofrecértelo... Nunca será suficiente. Nunca será digno de ti.

Se bien que aunque te envíe mil cartas como esta, todas escritas con mi propia sangre, no te inmutarías. Tal vez las usarías para darte calor en invierno, o para hacerlas desaparecer en la primera noche del verano. Lo más seguro es que ni las abrieses.

El hecho de que no te salgas de mis pensamientos ahora solo me convierte en una sombra de lo que alguna vez fuí. Me escondo, me deslizo en la oscuridad solo para verte, y en las noches imagino que acerco mi mano a tu rostro para sentirte respirar.
He intentado grabar tu voz mil veces, para que su dulce sonido me arrulle por las noches. Pero solo he conseguido un montón de cintas vacías que llenan las estanterías de mi habitación. Y siempre que intento capturar tu alma en una foto, solo puedo capturar a tu silueta dándome la espalda. ¡Cuánto daría por solo un esbozo de tu sonrisa!
Si paso solamente un día sin verte todo comienza a dar vueltas. Nada tiene sentido si no puedo verte sonreir al menos una vez. Y aunque vendería mi alma por ser yo quien la causa, se que nunca llegaré tan cerca. No soy perfecto. Y eso es lo que tu mereces. Alguien perfecto.

Y aunque esta carta parece una declaración de amor, no lo es.
Solo es un informe de la situación.

Hay muchas otras cartas que he escrito aquí conmigo. Todas escondidas en los recónditos vértices de mi habitación.

De cualquier manera... Si te dijese que las quemaré todas junto con mi sombra esta misma noche, ¿Crees que algo cambiaría?

Te quiero, Te amo... Pero en el fondo te odio.

Adiós.

---

La joven de largos cabellos rubios dobló el folio que habían dejado sobre un montón de ceniza frente a su puerta esa misma mañana. No comprendía nada de lo que estaba pasando.

Al joven de cabellos oscuros le enterraron esa misma tarde.


----> http://crucifieddaydreamer.blogspot.com/2010/03/letter.html

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Re: Basurero.

Mensaje por -Sandman- el Sáb Sep 04, 2010 4:59 am

Más cosas, dado que nadie lee.

---

I –

Despertó sin tener idea de qué hora era, ni de qué día, ni de dónde estaba.
Desde la oscuridad en la que se sumían sus ojos, pudo escuchar un rumor pequeño, diminuto, un sonido a un volumen bajísimo. Un susurro imposible de identificar.

Abrió los ojos con dificultad. Le dolían desde dentro, y la sensación era muy incómoda. Como si criaturas diminutas, escondidas en el interior de su cráneo, clavaran sus uñas en sus nervios ópticos y tiraran hacia adentro. Los párpados parecían pegados. Tenía la sensación de que estaban cosidos con un hilo finísimo, imperceptible, que tiraba de ellos y le impedía separarlos.

Al fin, ante sus ojos entreabiertos apareció la primera imagen del día. La televisión encendida. Piezas desordenadas del rompecabezas de la mañana comenzaban a caer, pero no en su sitio.
Cuando el punzante dolor de cuello hizo su aparición, tras girar un poco la cabeza, supo que se había quedado dormido en el sofá.
Bocabajo, sintió como recuperaba poco a poco la conciencia de su cuerpo, primero los brazos, el tronco, las piernas. Al acomodarse, pudo ver la irregular situación en la que se encontraba: Había dormido aplastando ambos brazos, mientras una pierna, la izquierda, colgaba fuera del sofá y la derecha sobresalía de uno de los extremos.

Le supuso mucho esfuerzo sentarse. Apretó los ojos con fuerza, y los frotó para despejarlos un poco. El dolor persistía. Al levantar la mirada hacia la televisión encendida, pudo ver de donde provenía el sonido que le había despertado.

En ese momento, ponían en la televisión la primera escena de Desayuno con Diamantes.
El chico ya la había visto, además de ser una escena fácilmente reconocible.
Audrey Hepburn aparecía desayunando frente a un escaparate, Tiffany’s.

Buscó el mando, a ciegas, sin fruto. Se dejó caer de nuevo, desganado. Su cabeza cayó sobre un libro colocado sobre uno de los cojines, un libro de cubierta negra, con un extraño dibujo en tonos de rojo que ocupaba la portada.
Recordó entonces que había estado leyendo a Murakami hasta entrada la noche. Seguramente por ello se había quedado dormido. Pero, ¿Y la televisión? ¿Quién la había encendido? ¿El gato? Palpó de nuevo sus alrededores, para finalmente encontrarlo a la altura de sus muslos.
Había dormido sobre él. Seguramente él con su peso también lo había encendido.
Menos mal estaba solo. Su estado era lamentable.

Rodó sobre si mismo, precipitándose hacia el frío suelo. Supuso que el impacto le despertaría.
Se equivocaba.
Por alguna razón, el suelo en ese momento le pareció el mejor lugar del mundo, y pensó que no estaría mal morir en ese preciso lugar, en ese preciso momento. Al menos estaba cómodo.

Mientras rogaba por dentro que la muerte viniera y se lo llevara mientras estaba bocabajo en el suelo, acurrucado junto al sofá, entró en escena el gato. Apareció de algún sitio, saltando sobre su espalda para llegar hasta los cojines del sofá que hasta ese momento él había ocupado.

Suspirando, el chico se dio la vuelta. Sus ojos entrecerrados miraban ahora la blancura del techo. Llegó a la misma conclusión de todos los días. Por mucho que rogara, la muerte no vendría a buscarle. No tenía tanta suerte, por desgracia. Irónicamente, la vida no se comportaba tan bien con él como para dejarle en paz de una vez.

Apagó la televisión con el mando que tenía en su mano. Pensó en desayunar. Desayunar con diamantes. Divertidísimo. Comer carbón comprimido. ¿Sabría a algo? Imaginó diamantes hechos de azúcar.
O tal vez se podría desayunar con el señor Diamantes. Seguro que era agradable y hablador. ¿O con una señorita? la señorita Diamantes, con pequeños pendientes, un ajustado traje ejecutivo rosa, un largo y ondulado cabello rojizo…

Había olvidado hacer la compra el día anterior. No tenía nada para desayunar. Ni nada qué beber. Tal vez leche. No, se la había dado al gato.

Miró al gato, cuya cabeza sobresalía del borde del sofá, y le miraba. Una mirada inquisitiva. Seguramente, si pudiera hablar, estaría reprochándole algo en ese momento. La misma mirada de su madre cuando se enfada. Una mirada de odio reprimido. Seguramente le pedía comida. “No te odio porque tienes que darme de comer”.

Tampoco había comida para el gato. Genial.




II-

Su posterior enfrentamiento con el reloj de la cocina fue muy violento.
Ya suponía que era tarde, el sol brillaba en el cielo azul del exterior. Un día terriblemente azul. Un día precioso, a la vez molesto. Ni una sola nube en el cielo. Pero no esperaba que fuera tan tarde.

Apoyó su espalda contra la puerda de la nevera, y levantó su mirada. Las 12:36 en el gris reloj colgado en la pared de azulejos blancos frente a él. Le resultaba increíble que, habiendo dormido en una posición tan mala, hubiese dormido tanto.
Ya daba igual. Era tan tarde que era incluso preferible no ir a clase. “Estuve enfermo”.
“Curioso, justo el día en que tus padres no están”, dirían. “Uno se enferma solo o acompañado, profesora”. Al final nadie le diría nada. Nunca nadie le decía nada. Ventajas de ser invisible.

Abrió la puerta de la nevera tras darle la espalda al reloj. Verduras viejas, un limón medio seco y una botella de agua a menos de un cuarto de su capacidad. Pensó en el lado bueno: Podía hacer limonada.
Pero no había azúcar cuando fue a buscarlo a la alacena.
“Tiempo libre”, se dijo, sentado en un banco de la cocina, con sus codos apoyados en sus rodillas y su rostro oculto entre sus manos.
Decidió aprovecharlo, de nada servía quedarse en ese sitio. Podía aprovechar el rato para limpiar un poco, y hacer la compra… Igual podía leer algo más de Murakami, ¿Por qué no?

Para quitarse el punzante dolor de cabeza, decidió meterse a la ducha. Dejó correr el agua fría, intentando refrescarse. Comenzaba a hacer calor. La primavera terminaba. Poco a poco.

Se vistió con la ropa más cómoda posible, la ropa más ligera y menos cargada. No quería sentir calor. Tras la ducha, las criaturillas habitantes de su cráneo se fueron calmando, y el dolor se hizo relativamente soportable. Pero sus párpados aún se resistían a abrirse totalmente.
Finalmente, decidió usar gafas de sol.

Contó el dinero y cerró con llave la puerta de su casa. Mientras bajaba las escaleras, ordenó en su cabeza lo que tenía que comprar. Leche. Pan. Queso. Algo de carne. ¿Pescado?. Tal vez alguna conserva. Ah, que no se olvidara de la comida del gato. ¡Macarrones para hoy!...

La calle aparecía desierta. Raro. El aparcamiento del supermercado cercano, a dos calles, parecía también más vacío que de costumbre. Más raro. No parecía haber gente entrando o saliendo. Muy raro. La puerta estaba cerrada. Mierda. ¿Cómo es que no abrían un día entre semana? El día anterior, sábado, habían abierto. Solo se le había pasado venir a…

Día anterior. Sábado.

Alexander Smith suspiró. No sabía en que día de la semana vivía.
Y además se había quedado sin macarrones qué comer ese domingo de verano en primavera.
“Maldición”, pensó. “Mil veces maldición”.

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Re: Basurero.

Mensaje por -Sandman- el Jue Sep 09, 2010 10:16 am

Otro más.

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- Su cambio, gracias.
Charles J. Dillbert se acomodó el cabello con los dedos de la mano izquierda antes de recibir unas cuantas monedas de manos del cajero. En el reloj que se encontraba a su lado, en medio de las películas XXX y las gomas de mascar, marcaban casi las cuatro de la mañana.
El cajero le regaló una última mirada, con un rostro congestionado y unas ojeras profundas y moradas, que abarcaban todo el borde inferior de sus ojos negros.
- Feliz viaje, Señor.
Charles le sonrió, frunciendo los labios y elevando solamente el lado izquierdo de ellos.
Se giró, haciendo una leve reverencia con su cabeza.

Intentó no tropezar con los mostradores que se encontraban a su derecha, ni con las estanterías llenas de bolsas de patatas que se encontraban junto a la salida.

La puerta, de cristal, se deslizó gentilmente hacia la derecha, dejando entrar el aire frío del exterior.

Hacía frío. Y el único olor que podía percibirse en ese momento era el olor de la gasolina.
Las dársenas se encontraban vacías, y solo en la más lejana podía verse un coche. Su coche, un pequeño automóvil de dos plazas, negro y brillante.

Tras exhalar un suspiro profundo, Charles se puso en movimiento. Cerró su americana y apretó el cuello de su corbata cuando un viento frío le golpeó el rostro. El invierno comenzaba. El trabajo comenzaba.

Se sentó en el asiento del conductor, y dio vuelta a la llave del encendido. El coche ronroneó, obediente.

Sintió de nuevo el dolor que le había aquejado toda la semana, justo en la parte baja de la espalda. Se movió, incómodo, intentando conseguir un ángulo que le evitase el mayor malestar posible.
Tras intentarlo un par de veces, se decidió por un cojín que llevaba en el asiento del lado, precisamente para este tipo de casos. Estaba harto de estar sentado, y la cabeza le dolía.

Cuando se puso en marcha, solo una cosa asediaba sus pensamientos.

<<¿Qué busca un joven en una red social?>>

Charles J. Dillbert, publicista. Charles J. Dillbert, el desesperado. Charles J. Dillbert, el que pronto se ve en el desempleo. Charles J. Dillbert, el que para sobrevivir, tiene que buscar una forma de aislar a los jóvenes del resto del mundo.

Sobre el sonido del coche encendido, solo sobresalía el rumor lejano de los coches que atravesaban a toda velocidad la autopista.

Se puso en marcha, presionando el acelerador con mimo. Le gustaba sentir como el suelo se movía bajo sus pies. Y le gustaba más aún el modo que tenía de deslizarse sobre él. Su única compañía. Quien le daba calor y refugio de la lluvia si lo necesitaba.

Acarició el volante cuando alcanzó una velocidad suficiente en la autopista. Las luces de las farolas le iluminaban el camino, casi vacío, por el cual a veces pasaba algún otro coche que le rebasaba sin misericordia.
Más de una vez, les había visto destrozados en una cuneta más adelante.

Cuando entró al primer túnel, le asaltó de nuevo su duda.
Estaba cansado de ella. No quería verla más. Llevaba toda la semana sin dormir pensando en ella, y tenía menos de un día para solucionarla.

Cerró los ojos, que le ardían, como si los hubiese bañado en zumo de limón caliente.
Sostuvo el volante con su mano izquierda, y con la derecha frotó sus ojos.
Los abrió de nuevo poco antes de salir del túnel, a la oscuridad de la noche. Era un tramo sin farolas.

Se vio, rodeado de tal oscuridad, y comenzó a soñar despierto. Por un momento se vio, joven, callado y solitario en una de las mesas del comedor de su instituto.
Pudo escuchar de nuevo los gritos de sus compañeros, los insultos y humillaciones. Pudo sentir los golpes que depositaban en su rostro.
Pudo sentir la soledad, una vez más.

<< Ahora pueden pudrirse. Seguramente estarán en un tugurio de las afueras, manteniendo a 5 hijos con un sueldo miserable, mientras que yo te tengo a ti. >>

Volvió a acariciar el volante poco antes de entrar al segundo túnel.

Se sintió rodeado de luz una vez más. Y a su mente saltaron otros recuerdos.
Recordó a dónde iba siempre que debía esconderse del mundo. Recordó el ático vacío, las horas perdidas entre lápices y papeles, imaginando amigos y dibujándolos, rodeándose de ellos y hablándoles mentalmente, en silencio, regalándoles sonrisas y palabras de amor.

Recordó a la primera chica de la que se enamoró. Había pintado su cabello de color amarillo canario, y bajaba de su cabeza en bucles hasta los hombros. Sus ojos eran verdes, y por lo que imaginaba, era un poco más menuda y baja que él.

La noche en que se declaró, sintió que le abrazaba y le besaban los labios.

Sin darse cuenta, se había quedado dormido. Y su pie derecho hizo más presión.
Oyó una bocina a su lado. Despertó en un sobresalto.
Había salido del túnel. Y ante él se mostraba la ciudad, imponente, con sus luces de mil colores y mil tamaños diferentes. Todas ellas taladraron sus ojos por un instante.

Y apareció, sin saberlo, ante él.

El estruendo del golpe contra el muro fue brutal. De los alrededores salió gente a observar por sus ventanas, creyendo que había pasado algo mucho más grave.

En su interior, Charles J. Dillbert pudo sentir el frío hierro que le perforaba.
Sintió un sabor metálico que le llenaba la boca y la nariz, y como gotas del líquido espeso y escarlata se deslizaban por su rostro.

Sonrió. Lo sabía. Por fin sabía cual era la respuesta. ¡Estaba tan claro! ¡Había estado ahí desde el principio!

Era… Era…

--

En las noticias de la mañana, se narró con detalles el accidente que había ocurrido en la salida 420A de la ciudad. Se dijo que las obras de rescate habían durado un par de horas, pero que habían sido totalmente infructuosas.

En otras noticias, también comentaron acerca de la declaración de bancarrota de la empresa de redes sociales más grande del país


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Re: Basurero.

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